“El gigante ahogado” dispara una infinidad de interpretaciones a la luz de este tiempo. El elemento fantástico, la aparición de un gigante en una costa, queda totalmente eclipsado por el brutal realismo de una multitud indiferente que profana y atropella ese cadáver subiéndose en él ante el magnetismo de la novedad. Una multitud semejante a la nuestra que mira los hechos reales en las redes sociales con la misma intensidad con que pierde interés. Inevitable pensar, al ver ese cuerpo en la orilla, en el flagelo de las muertes de miles de inmigrantes que atraviesan precariamente el Mediterráneo huyendo desesperadamente de condiciones infrahumanas de vida. La ausencia de preguntas en torno a quiénes fueron y por qué murieron, el respeto ante eso, es lo mismo que inquieta a la voz en off de la conciencia del personaje que narra, sobre esa multitud que se sube al cadáver, con una naturalización total de la muerte porque es ajena. Muestra un individualismo y una desafección total frente a ese que es semejante pero es diferente. Subirse a un cadáver desestabiliza toda metáfora cuando muchas veces se usa para orientar la atención. Imposible no pensar también cuando van mutilando el cuerpo, en el interés volátil de las multitudes digitales que llenamos las redes con reacciones y emojis hasta el ahogo, hasta que la siguiente miseria tape esta y así en un eterno palimpsesto producto de nuestra creciente atención dispersa. Este episodio sin duda es una metáfora de la modernidad y de la alienación, un potente disparador para pensar este aspecto entre muchos otros.